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Los conquistadores habían llegado dos años antes junto a los mercedarios y dominicos. Recordemos que el vino es vital para cumplir con la misión evangelizadora.

El sacerdote jesuita Francisco de Carabantes en 1548 trajo la primera cepa País (uva para vino) que logró aclimatarse en la zona central de Chile (inviernos lluviosos y calurosos veranos), y dicha variedad se adaptó rápidamente al suelo. Aunque estos españoles utilizaban técnicas primitivas para producir vinos rústicos; sin embargo, fueron los responsables durante cerca de 300 años de la producción de casi todo el vino chileno.

La Independencia de Chile trajo consigo que la exportación de los vinos fuera vista como una importante fuente de ingresos, con lo cual los gobiernos de mediados del siglo XIX inyectaron los recursos necesarios para lograr mejores estándares de calidad. Es así como llega Claudio Gay, agrícola francés y contratado por el Estado, para crear una planta experimental llamada Quinta Normal de Agricultura, alcanzó la plantación de 40 mil vides europeas de 70 tipos distintos para ser evaluadas científicamente.

Paralelamente, la ruta marítima a Europa, fundamentalmente a la cuna del vino moderno (Francia), trajo consigo nuevas cepas: cabernet sauvignon, merlot, malbec, carmenere, sauvignon blanc y semillon se harían un importante espacio en tierras chilenas. Más tarde, la entrada de la filoxera (insecto que ataca las viñas) en Europa tuvo magníficos beneficios para el vino chileno. La pérdida de millones de plantas europeas, la necesidad de buscar en el continente nuevos cultivos y la emigración de enólogos hacia América contribuyeron al avance irremediable del vino chileno.

Es en esta época y en los terrenos del convento de Los Dominicos donde se comenzaron a producir vinos de mayor calidad. Esta orden religiosa se situó a la vanguardia de la industria vinífera local.

El convento de Los Dominicos también contaba con una extraordinaria biblioteca, donde los libros sobre materias vitivinícolas ocuparon un lugar privilegiado. Por medio de estas obras, los religiosos tuvieron acceso a un vasto conocimiento teórico-práctico de la actividad vinífera y pudieron mantenerse al tanto de las últimas innovaciones de la industria, muchas de las cuales implementaron en sus haciendas.

A finales del siglo XIX, los viñedos chilenos ya estaban en manos de unas pocas familias aristocráticas que contrataron a expertos, principalmente franceses, para que se encargaran de las plantaciones y elaboración de los vinos. Dichos vinos comenzaron a exportarse con éxito y destacar en las exposiciones de Burdeos y París.

El siglo XX resultó muy difícil para la historia del vino chileno, ya que fue uno de los países más afectados por la Gran Depresión, padeció la dureza de los impuestos que gravaban la industria vitícola y sufrió las rigideces de una ley de alcoholes que terminó impidiendo la plantación de viñedos. El golpe de estado y el posterior colapso económico de 1973, que causó hiper-inflación y distorsión de precios, afectó especialmente a la industria agrícola chilena, y una nueva crisis, la de 1982, relacionada con la Crisis de Deuda Latinoamericana, resultó especialmente intensa. Finalmente, el intenso ajuste estructural -una vez superados los tremendos vaivenes iniciales- promovido por los Chicago Boys, terminó fructificando. El restablecimiento de la democracia y la estabilización económica de los años 90 dejó a Chile, al fin, en una situación favorable para el desarrollo y expansión definitiva de su industria vitivinícola.

Chile y los vinos de Viña Ventisquero

A menudo considerado como el paraíso de la viña y el vino, Chile es un país de una belleza difícilmente superable. El océano Pacífico y la inmensa cordillera de los Andes forman una barrera natural y sanitaria, que permite al viñedo chileno desarrollarse en unas condiciones envidiadas por todo el planeta vitícola.

En Chile no existe la terrible plaga de la filoxera, sí, han leído bien, no existe, por lo que es uno de los pocos territorios no filoxerados, (un país entero, de más de 4000 kilómetros de longitud), que quedan en el planeta tierra junto con las Islas Canarias, la isla de Creta y Chipre. El desarrollo de enfermedades es muy bajo (tampoco existe el mildiu, pero sí el oídio), siendo las plagas más comunes la araña roja. Hablamos de un país en el que todavía sobreviven clones anteriores a la filoxera, procedentes de los más prestigiosos pagos europeos; un país que fue el vivero, el principal suministrador de esquejes, para la reconstrucción del viñedo europeo a finales del siglo XIX y principios del XX.

Estamos, por lo tanto, ante un país en el que se pueden plantar vides de pie franco, sin injertos, plantas que se desarrollarán con sus propias raíces durante toda su vida. Esas afortunadas cepas vivirán esplendorosas, sin apenas enemigos, como las añoradas cepas europeas anteriores a la llegada de las plagas americanas.

La influencia de la cordillera de los Andes es el actor principal del clima chileno. Las diferencias climáticas más destacadas se dan de este a oeste, en la estrecha franja -que alcanza un ancho máximo de 445 kilómetros y un mínimo de 90 kilómetros- que va desde el océano hasta la frontera con Bolivia y Argentina. Los viñedos situados cerca de la cordillera costera se encuentran protegidos de la lluvia, reciben menos precipitaciones y gozan de temperaturas más cálidas que los cercanos a los Andes. Los situados en las laderas andinas disfrutan de beneficiosas variaciones entre las temperaturas diurnas y nocturnas, con fuertes y frías corrientes nocturnas que favorecen la concentración de fruta y la obtención de buenos niveles de acidez. Resulta evidente que las condiciones naturales para la viticultura en Chile son excepcionales.

Un factor que ha podido impedir a los vinos chilenos alzarse a las primeras posiciones de fama y prestigio mundial es el polémico asunto del riego excesivo. El agua abundante que desciende de los Andes se canaliza y se utiliza para regadío, facilitando mucho el cultivo de la vid y ayudando a aumentar el rendimiento por hectárea.

En Europa, entre los aficionados, pueden resultar escandalosos los rendimientos de 8.000 kilos por hectárea; sin embargo, el nuevo mundo ha dado algunas lecciones y, como diría el gran asesor en viticultura, el australiano Richard Smart, si se hacen las cosas correctamente, se puede conseguir la calidad del fruto de un rendimiento de 4.000 kilos con el doble de producción.

Viña Ventisquero

La bodega Ventisquero se levantó en el valle del Maipo en el año 2000 bajo la batuta del enólogo Felipe Tosso. Allí se elaboraron los primeros vino de la firma que a los tres años incorporaría nuevas fincas de propiedad en el valle de Casablanca y en el prestigioso Valle de Apalla, zona que se convertiría pronto en la cuna de los vinos más prestigiosos de Viña Ventisquero. El objetivo del joven y experimentado equipo de la bodega ha sido siempre mostrar la diversidad.

Estos son hoy algunos de los productos de la joven bodega chilena, Viña Ventisquero, que con sus 13 años de vida ha conseguido elaborar vinos de gran calidad que se han ganado el favor de la prensa especializada internacional. Por enésima vez la madrileña Enoteca Barolo nos ha permitido expandir nuestros escasos conocimientos vitivinícolas. Gracias a la distribuidora Meddis y a Hugo Salvestrini, mánager estratégico de vinos de alta gama y enólogo de Viña Ventisquero, conseguimos estas nuestras impresiones de sus excelentes vinos:

Grey pinot noir 2011. 

Vino del Valle de Leyda, a 97 kilómetros de la capital Santiago. Zona de clima frío del océano Pacífico. Crianza de 12 meses en barricas de roble francés, 15% nuevas, 30% de segundo uso y 55% de tercer uso.

Comienza floral en nariz, con algunos recuerdos a cueros finos, toques balsámicos, cerezas ácidas, algo de pimienta, por un instante viajamos a borgoña con la imaginación y… al poco tiempo… todo desaparece. Lo que en un principio es un matiz de tabaco termina siendo humo y el humo finaliza en el tostado de la barrica, que elimina casi por completo el resto de aromas. Gracias a uno de los habituales asistentes a las catas de Barolo, el gran Jimmy, conseguimos la definición perfecta del resto aromático: Pipas Churruca. En boca: acídulo, corto, algo diluido y de final curiosamente cálido. La acidez, al límite, es algo extraña, de pica pica o peta zeta.

Herú pinot noir

Del Valle de Casablanca, región costera de clima frío. Crianza de 12 meses, 25% en barricas nuevas, 35% de segundo uso y 40% de tercer uso.

Nos recibe con un encantador aroma a pétalos de rosa, eucalipto, césped, algo de pedernal… sé que quieren que lo diga…venga va: ¡Mineralidad en nariz! En boca es de mayor elegancia que su “primo”, con entrada algo golosa. Tiene mejor recorrido y la acidez, también elevada, es más armoniosa en el conjunto. El tanino, aunque ligeramente secante, es bastante suave. El final es algo discreto.

Queulat Gran Reserva Carmenérè

Del Valle de Maipo, famoso por sus equilibrados tintos. Clima de tipo mediterráneo con estaciones bien definidas. Crianza de 12 meses en barricas, 50% roble francés y 50% Americano, 15% nuevas.

Al fin llega la carmenérè, la gran uva perdida de Burdeos. Tabaco, frambuesas. A lo mejor digo una barbaridad, pero resulta algo punzante en nariz. Me esfuerzo por buscar la tipicidad del pimentón que se supone tiene esta uva y, sí, algo hay, pero no es de la Vera ni de al lado. Huele a pimentón cuando se me quema en la sartén a la mínima distracción provocada por mi perro, que está algo loco. Aquí ya encontramos un vino de mucho más cuerpo, compensado, equilibrado, redondo y de buena longitud. Original y agradable.

Grey Carmenérè

También del Valle del Maipo, 18 meses en barricas de roble francés de grano extrafino, 33% nuevas

Intenso aroma a cacao, especias, confitura de frambuesa. Explosiva mezcla. Vamos de menos a más, seguimos mejorando. Sensación de plenitud en boca, buen tacto de tanino aterciopelado y todavía más redondez y equilibrio. Vino pulido y muy grato.

Vértice Carmenérè y syrah

Procedente del Valle de Colchagua, de clima mediterráneo con escasas precipitaciones. Pasa 20 meses en barricas de roble francés de grano extrafino, 40%  nuevas y el resto de segundo y tercer uso.

Ciruelas y cerezas maduras. En retronasal deja una curiosa sensación de mosto sin fermentar. Tanino abundante y de buena calidad, ligeramente graso. Vino “ancho” y bastante largo. Es muy correcto y atractivo, pero creo que estas dos uvas caminarían mejor solas.

Pangéa syrah 2008.

También del Valle de Colchagua. 20 meses en barricas de roble francés de grano extrafino, 50% nuevas.

Parece que estoy obsesionado con las ciruelas y cerezas maduras, pero ahí están, me persiguen. Recuerdos a mermelada de frutos del bosque. En boca es, sin duda, el mejor hasta ahora. Pleno, redondo y muy largo, con tanino sedoso de muy buena calidad. Siempre me tienen que gustar más cuanto más caros son.

Enclave cabernet sauvignon

De la D.O. Pirque, en el Valle del Maipo Alto. 18 meses en barricas de roble francés de grano extrafino, 50% nuevas y 50% de un año.

Mentolados que son de eucalipto. Alguna nota cárnica y ligeros recuerdos “minerales” de piedra seca calentada por el sol. Una nariz que no recuerda a un cabernet. El vino es intenso pero está desordenado, sin hacer todavía. Tiene más materia que cualquiera de sus compañeros de cata y el tanino es sin duda el que deja mejores sensaciones. Promete mucho.

Grey chardonnay

Ventisquero Grey Chardonnay a través de la máxima experesión del terror nace cada una de las botellas de una finca concreta, rindiendo un homenaje a su lugar de origen. Cosechado a mano y de selección personalizada, obedece a un cuidado excepcional y en primera persona a cargo de Felipe Tosso.

Ventisquero Grey Merlot

Un vino elegante, redondo, de buen cuerpo donde destacan notas a arándanos, tabaco y pimienta negra. En boca las notas a ciruela pasa nos invitan a pensar en una rica pasta con salsa putanesca.

Color rubi profundo con ribetes violáceos. Aroma de gran intensidad resaltan los frutos rojos y todo ello mezclado con presencia ligera de madera de las barricas y notas de chocolate que aumenta la complejidad final del vino. Gran cuerpo, vino con estructura audaz que llena la boca gracias a los taninos presentes en la copa. Final suave y persistente.

Tara viognier nv.

Tara Viognier es un original blanco de producción muy limitada elaborado en el Desierto de Atacama, distinto e intrigante. Su singularidad es el resultado de su crianza tipo solera, combinando varias añadas donde la más joven substituye la anterior.

Al realizar el “coupage” se mezclan proporcionalmente las distintas cosechas. Es un vino que fermentó con levaduras indigencias y no se le añadió ningún producto ajeno a la uva con el fin de mantener el máximo carácter e identidad del lugar donde proceden las uvas.

Nos despedimos con la sensación de que Chile es un país con un potencial espectacular que todavía no ha sido plenamente explotado.

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